martes, 17 de enero de 2012

Uruguay, ¿un país mediocre?



Uruguay, ¿un país mediocre?


Miro el país y digo donde duele. Algo anda mal entre nosotros. ¡Cómo puede suceder, que las cosas estén cada vez mejor y la gente esté cada vez peor!


Pensé: el afán pobrista, ejercido mecánicamente, da resultados contrarios a la solidaridad y crea una nueva forma de la pobreza, la pobreza interior: un bajón del ánimo. Sobre ese tema escribí; pero había más.

En el otro extremo de la escala social, el daño es más completo.


Mientras todos los países desarrollados o en vías de serlo, forman y cultivan afanosamente una elite de gente capaz de inventar (grandes técnicos o científicos o maestros de su arte) el Uruguay fumiga la intelligentsia hasta borrarla del mapa. El total de la simpatía disponible y una notable cantidad de dinero, se gastan en dar asistencia a los más débiles. Mientras, los creadores emigran o se frustran sin hallar un sitio donde perfeccionar su vocación.

La Universidad de la República, la casa mayor de la cultura, renunció a la calidad y se dedica a "preparar" (?) el mayor número de estudiantes para que reciban un título profesional, cada vez menos significativo. La investigación es nada y el consiguiente número de patentes lo mide. El hecho de inventar es casi nulo. A tal grado, que nuestra Universidad oficial no figura en ningún ranking que importe; es parte fundamental del achate.

El 17 de septiembre del 2010, se realizó un foro en el "Instituto Manuel Oribe" al cual asistió la senadora Lucía Topolansky y dijo cosas que importan:

-Tengo la libertad de no pertenecer a ninguna corporación, así que puedo ser un tanto hereje. La discusión del proyecto de ley de control de la calidad de la educación terciaria, llevará al menos un año, para lograr los acuerdos políticos necesarios. El tema de la Universidad es la piedra en el zapato. El proyecto de ley no está cerrado y no sería nada bueno que no contara con un apoyo político amplio.

La senadora le había preguntado al ministro Ricardo Ehrlich por la "compatibilidad" entre el proyecto en debate y la ley orgánica de la Universidad de la República. Y agregó:

Es urgente realizar modificaciones a la ley orgánica, que ya cumplió 50 años. Cuando se creó no existía la Facultad de Ciencias, ni había títulos intermedios, ni transversalidad -y criticó a la Universidad por tomarse tiempos demasiado lentos en este tema.

El gobierno -comentan los autores de la nota que vengo siguiendo-dejó pues, la puerta abierta para que una nueva agencia de control de calidad pueda monitorear a la Universidad de la República; y que haya una nueva ley orgánica con varias universidades públicas en competencia". (Fuente, El País, 18/9/10, S. Cabrera y P. Besada).

La crítica y el plan de Lucía Topolansky son acertados y pueden obrar como una prueba: desde hace años la ideología y el cogobierno mal entendido, han desquiciado nuestra única Universidad oficial, que actúa como una agencia expedidora de certificados de estudio; atiende más a la cantidad de estudiantes que sirve que a lo que sirve: su enseñanza.

¿Qué está pasando con los intelectuales?

Nos alegramos al recibir al turista 3 millones. El Uruguay se preocupa por llevar la cuenta. Y no está mal, pero ese ejemplo debiera servirnos para atender otros movimientos migratorios de decisiva importancia en la preparación del futuro.

Europa, después de la Segunda Guerra Mundial, se especializó en llorar la emigración de sus cerebros, una sangría anual que desmantelaba al viejo continente.

En los últimos años Estados Unidos dio un paso más en el mismo sentido; refinó la estadística y puso un molinete a contar en sus aduanas académicas. En EE.UU., se presta especial atención a la balanza de la intelligentsia. Comprendieron que el futuro se juega en cuantas personas altamente especializadas emigran o inmigran. Los diarios y los políticos norteamericanos, están muy preocupados con el tema, debido a un cambio reciente.

Los países periféricos se enriquecen a costa de EE.UU. porque destinan enormes recursos para seducir a los másters y doctores, que se reciben en universidades americanas, para que retornen a la patria, después de culminar su posgrado. La enorme mayoría de chinos, indios, coreanos, japoneses y rusos al terminar sus cursos vuelven a su país de origen para desarrollar proyectos; y por hacerlo, reciben estímulos y beneficios.

China fue la primera: ayuda a sus muchachos para especializarse en el exterior; y el gobierno sabe que volverán, porque si vuelven, el camino está pronto para que hagan carrera.

"Start Up Chile", sin ir más lejos, ofrece 100.000 dólares a los ingenieros extranjeros que se comprometan a fundar en el país una empresa vinculada a la computación. Hay un comité que elige los proyectos y los especialistas deben residir un mínimo de 3 años en Chile. Hay jóvenes que están llegando a Santiago desde Bangalore o el Silicon Valley atraídos por esta oferta concreta que incluye además del dinero, beneficios y apoyos paralelos (personal, local, comunicaciones, etc).

¿Qué atractivos le ofrece el Uruguay a un joven ingeniero de sistemas, altamente calificado?

Si llega a tener éxito porque su trabajo es excelente, padecerá la persecución tributaria (que pague más el que estudia más); y sobre eso: el joven ingeniero pagará dos veces la enseñanza de sus hijos (impuestos por la enseñanza pública que no funciona, más el costo de la privada); un juego perverso que se repite con la salud y la seguridad; y junto con eso, el monopolio de los entes autónomos, que en el caso de Antel cobra más que nadie, por un servicio lamentable.

Ningún becado uruguayo, distinguido por su talento, puede volver a los desiertos de la Universidad; un escenario sin colegas destacados, centro de nada.

No hay pues estímulos ni para dignificar a los marginados, ni condiciones favorables para la excelencia de los superdotados capaces de crear.

¿Cuánto hace que no se contrata una camada de profesores extranjeros que ponga al día esta vetusta universidad que no cumple su función principal, actualizar el saber y el pensar del mundo? Vivimos en la edad del conocimiento y la más alta institución cultural del Uruguay abjura de los conocedores magistrales en cuya mente están las soluciones del futuro inmediato.

La primavera a la cual llamamos generación del 45, abarcó muchas áreas de la cultura porque el Uruguay contó con maestros en campos diversos. Tuvimos y contagiaron su maestría Margarita Xirgu, Bergamín, Andrés Segovia, Torres García y hubo visitantes asiduos como Pablo Neruda, Rafael Alberti, Juan Ramón Jiménez, García Lorca, Camus, Ionesco… ¿Y ahora, quién viene? Viene Julio Bocca y hace volar a un elenco de bailarines que ya no caminaba.

Un país se hace enalteciendo, exaltando valores. Importamos las cosas que necesitamos y no importamos ni nos importa atraer a las personas que necesitamos.

Mientras el Uruguay no entienda que para ayudar a los marginados se debe cobrar fuerza ennobleciendo las tareas supremas de pensar y crear, nuestra sociedad dará pasos de ciego. Es lo que tiene un pobrismo no ilustrado. Bastarían cinco "boccas" para inculcar con acierto el modo de encarar la vida en quienes no supimos formar debidamente y ahora estamos obligados a levantar.

¿Si no traemos grandes figuras durante la bonanza, cuando las traeremos?

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